Cuando eres pequeño, un renacuajo de corta edad. No te das cuenta que todo acaba. Piensas que las cosas y las personas no tienen fecha de caducidad. Que el punto final, es cosa de la ortografía, que todo es eterno, que sólo se acaban las películas. Y que la noche es el final del día, pero que las personas nunca mueren, siempre están ahí.
Cuando eres un niño, crees en la inmortalidad de las personas. No te das cuenta que los que más quieres se van consumiendo como un vela hasta llegar a desaparecer.
Piensas, que cada día, a lo largo de toda tú vida y de la suya, seguirás haciendo el mismo camino y allí estará ella esperándote, con una caricia que ofrecerte, con una mirada de cariño que dedicarte, con una palabra bonita que decirte.
Pero la vida, tan imperfecta como las personas, no nos ha hecho valorar a los que más quieres lo suficiente, aunque nunca es suficiente, y disfrutar de ellos lo máximo posible cuando los tienes a tú lado. Porque piensas que nunca te van a dejar.
Porque inexplicablemente para ese niño, llegó el día en el que cruzó el patio de su casa y ya no estaba su abuela. La mujer que siempre le esperaba, para ofrecerle una caricia, una mirada de cariño, una palabra bonita. Se había marchado, ya no estaba. Buscó en cada rincón de la casa, en cada habitación, pensaba que era una broma pesada, pero allí no había nadie. Quiso imaginar, que su abuela y él jugaban un día más al escondite, que finalmente la encontraría y que se abrazarían. Pero no fue así, nunca la encontró, nunca más la abrazó.
Ahora, debe conformarse algunas noches, con soñar con ella. Reunirse en algún escenario ficticio y de nuevo sentir que la abraza y que llora por ella, como lloró el día de su marcha.
Aprovecha dormido y le dice las cosas que no pudo decirle en vida. Que la quería, que la quería mucho. Y ella no habla, tan sólo escucha y entiende. De pronto todo acaba, y aquel niño se despierta de ese sueño, se levanta de la cama y en la noche, con los ojos encharcados en lágrimas, escribe este texto.
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